Ser Entrenador de
Divisiones Formativas
Jorge Díaz Vélez
Siempre he pensado que la profesión de
entrenador de divisiones formativas cuesta mucho que sea reconocida, es común
que lo sea algunos años después, pero es raro que lo sea en el momento en que se
está desarrollando.
Los entrenadores jóvenes en muchas
ocasiones se sienten presionados por la ecuación:
"Ser
bueno = ganar",
tergiversando muchas veces los objetivos que rigen la preparación de las
divisiones en la que están trabajando, perdiendo de vista los objetivos o
principios que realmente deben regir su labor que es:
"Ser bueno = educar "; aspecto este, que va
mucho más allá de entrenar los gestos del deporte especifico.
Todo entrenador que trabaje en forma
seria y lleve adelante un verdadero proceso educativo, tendrá su cabeza puesta
en la evolución de sus propios jugadores; en el aspecto técnico, táctico, físico
y fundamentalmente en su crecimiento como ser humano, como persona que debe
desenvolverse en un contexto de reglas y principios.
También veo como el hecho de estar
sentados en las gradas, parece conferirle a los padres el derecho a dar
indicaciones técnicas y/o tácticas, con el propósito de mejorar el rendimiento
del equipo o de su hijo, (si fuera así de fácil hacer jugar bien a un equipo).
Es común que esas indicaciones
habitualmente estén encontradas con las que surgen desde el banco de sustitutos
por parte del entrenador, es lógico, el entrenador tiene en su visión el
conjunto y la del papá está acotada al accionar de su hijo.
Desde afuera se ve tan fácil, ¡haz
esto, pícala , mándate vos, pásala (cuando la tiene otro que no es el hijo)! ¡Es
tan fácil decir y es tan difícil hacer!(más a los 10,12 años con otros chicos
queriendo quitarme la pelota, mi papá gritando y el árbitro listo para
sancionarme si cometo alguna infracción a las reglas).
Creo lógico que todos al ver un
partido nos sentimos un poco "entrenadores momentáneos", pero lo triste es
cuando se escuchan comentarios como: no juegan bien, seguramente el entrenador
no les enseña nada en los entrenamientos, o lo que pasa es que no le da
confianza para hacer lo que sabe, o lo hace jugar en una posición que no le
conviene, los compañeros no le pasan la pelota, etc. (la culpa siempre es de un
tercero), ahora si juega bien se escucha: que talento que tiene el nene,
realmente es muy bueno, etc.(el entrenador tiene muy poco que ver).
Creo que los padres tendemos a
sobre-proteger a nuestros hijos y no lo veo aconsejable en su preparación para
desenvolverse en una sociedad cada vez más dura y difícil, todos tenemos
tendencia a facilitarle las cosas, evitarles contratiempos e incluso
solucionarle los inconvenientes.
Debemos dejarlos que aprendan a ganar
y a perder (aunque no se si se aprende a perder) pero al menos que acepten la
derrota dignamente, que tengan disciplina de equipo, que lo realmente importante
es esforzarse permanentemente para superarse, individual y colectivamente, que
las cosas no siempre son como a uno le gustaría que fuesen.
Debemos ayudarlos a no confundir lo
lindo (ganar, hacer goles) con lo realmente importante que es contribuir con
nuestro esfuerzo para el equipo, hacer amigos, prepararse a conciencia (el
resultado de nuestro juego es la consecuencia de nuestra preparación).
No nos mimeticemos con el deporte
profesional o de los adultos, en donde ganar es lo importante, en la etapa de
formación justamente lo importante son las formas de consecución de los logros.
El camino que se recorre en la
educación de los chicos utilizando el deporte como un agente educativo y no
deformativo.
Creo que los entrenadores de
divisiones formativas tenemos un papel protagónico demasiado importante en la
formación de futuros jugadores, como para permitirnos no capacitarnos
permanentemente, estar permanentemente informados, debatir ideas con otros
entrenadores, compartir metodologías, asistir a clínicas del deporte como de
otras áreas de la educación como Psicología, formas de comunicación pedagogía,
etc.
Las exigencias del deporte
profesional (y no tan profesional) son cada vez mayores y lo hecho en la etapa
de formación en muchas ocasiones, es lo que determina el nivel de competencia
en que pueda participar ese jugador.
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