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La motivación y el uso de
los refuerzos
Carlos Bazán
Para que nuestra labor educativa esté
adaptada a las peculiaridades del niño, será imprescindible tener muy en cuenta
el aspecto motivacional: la educación debe estar de acuerdo con las
necesidades e intereses del niño. Una de las necesidades predominantes de
éste es el juego. Por ello tendremos que organizar las actividades educativas de
forma tal que todas ellas tengan siempre un cierto carácter lúdico que guste y
motive al niño.
Requisito esencial de todo aprendizaje
es la atención, y ya sabemos la debilidad característica del niño en esta
operación mental. El mejor medio de conseguir esta atención en el niño es
mediante actividades que sean de su agrado, y de ahí el carácter lúdico que
deben revestir. La actividad mantenida y repetida en los mismos términos durante
un tiempo prolongado lleva al efecto contrario: la fatiga y el aburrimiento.
Cuanto menor sea la edad del niño,
menor debe ser la duración de una misma actividad, y más rápido el cambio de una
actividad a otra. El cambio de una actividad no siempre supone pasar de una
actividad a otra completamente distinta; podemos también atraer la atención del
niño introduciendo ciertas variaciones dentro de una misma actividad.
El resultado de la actividad es
también un importante factor motivacional, que puede controlar y mantener la
atención del niño. Es por ello preciso procurar que toda actividad que el niño
realice tenga un resultado claramente perceptible y suficientemente atrayente.
Emparentado directamente con el
aspecto motivacional de la educación, está el problema de la utilización de los
refuerzos.
Tradicionalmente la educación ha
utilizado los refuerzos positivos y negativos (premios y castigos) para fomentar
unas conductas y suprimir otras. Pero esta práctica ha sido arbitraria y no
sometida a normas sistemáticas.
Desde hace un tiempo, la utilización
de refuerzos ha sido sometido a estudios científicos por parte de la Psicología
del Aprendizaje. Como resultado de estos estudios se ha visto que, si bien la
utilización de refuerzo positivo es útil para fomentar la conducta reforzada, la
utilización del refuerzo negativo para suprimir las conductas indeseables,
plantean serios problemas que cuestionan su efectividad, debido a que, aunque en
el momento de su aplicación suprime la conducta de forma inmediata (por las
respuestas incompatibles con ella que el castigo provoca), se ha comprobado que
no elimina de forma permanente dicha conducta y ésta vuelve posteriormente a
reaparecer.
Además, el castigo provoca una serie
de consecuencias colaterales de tipo emotivo, tales como miedo, ansiedad,
sentimientos de revancha respecto al agente castigador, et., que influyen
negativamente en la personalidad del niño y en su forma de reaccionar.
Hay que utilizar el proceso de
extinción. Ante una conducta cualquiera, hemos de buscar cuál es el refuerzo
positivo que la está manteniendo y suprimirlo. El niño que imite una
conducta inadecuada, lo hace así porque en ella encuentra algo que le agrada, la
refuerza positivamente; se trata, pues, en primer lugar, de descubrir cuál es
ese refuerzo y en segundo lugar suprimirlo. Cuando a una conducta cualquiera se
le retira el refuerzo que la mantiene, dicha conducta acaba por desaparecer, por
extinguirse.
El refuerzo verbal consiste en las
palabras de signo valorativo (‘bien’, ‘mal’), que el educador puede utilizar
para fomentar o suprimir la conducta del niño, y para orientarle en sus
aprendizajes. A través de estas valoraciones verbales que el educador establece
en cada una de las respuestas y conductas del niño, éste encuentra los
necesarios marcos de referencia para valorar él mismo si sus respuestas y
conductas son o no acertadas.
La atención que el educador presta a
las actividades y conductas del niño es otro medio muy útil para controlar su
conducta. Muchas de las conductas inadaptadas que el niño presenta en clase
(llanto, agresividad, dependencia, oposición, aislamiento, etc.), tiene por
objeto simplemente atraer la atención del educador, y en numerosísimas ocasiones
lo consigue, con lo cual quedan reforzadas positivamente, y en lugar de
desaparecer tienden a aumentar. Se debe prestar atención solamente a aquellas
conductas que se quiere fomentar, y no prestar atención a aquellas otras que se
quiere suprimir.
Los refuerzos deben ser siempre
coherentes, es decir, no puede ocurrir que, dependiendo del estado de ánimo del
educador o de cualquier otra razón, una misma conducta del niño sea unas veces
reforzada positivamente y otras negativamente. Si no se mantiene de forma
constante esta coherencia, el niño no podrá asimilar las normas por las cuales
una conducta es buena o mala, ya que ante la misma conducta y de forma
arbitraria, unas veces obtiene un refuerzo positivo y otras un refuerzo
negativo.
Con el fin de no crear procesos de
excesiva dependencia de niño respecto al educador que le proporciona los
refuerzos, se debe procurar que el niño vaya encontrando los refuerzos en su
propia actividad y en sí mismo: una tarea que agrade al niño o el logro de unos
objetivos propuestos son potentes refuerzos que el niño adquiere de su propia
actividad, al tiempo que van creando en él hábitos de estudio y de trabajo.
Simultáneamente a la utilización de
los refuerzos, el educador debe explicar siempre al niño, en un lenguaje
asequible para él, la razón por la cual su conducta es buena o mala. Si nos
quedamos en la pura administración de refuerzos, aunque consigamos controlar y
encauzar la conducta del niño, el aprendizaje revestirá un carácter
excesivamente mecánico y el niño lo vivirá como algo arbitrario, autoritario y
sin razón de ser. En cambio, si al mismo tiempo que reforzamos la conducta del
niño le explicamos las razones por las cuales su conducta es buena o mala, el
niño asimilará la norma y podrá generalizarla a otros casos similares,
desarrollando el sentimiento de vivir en un mundo racional, regido por leyes y
causas.
Se debe evitar establecer competencias
entre los niños por el logros de un refuerzo. A cada niño se le debe reforzar de
acuerdo con su conducta, y siempre que ésta suponga un progreso debe ser
reforzada. Por ejemplo, si en una tarea cualquiera un niño logra el mejor
resultado, debe ser reforzado, pero igualmente deben ser reforzados los niños
que en esa tarea hayan logrado un progreso respecto a sus posibilidades
anteriores.
Para que sean eficaces, los refuerzos
deben ser proporcionados inmediatamente después de la aparición de la conducta
que se quiere reforzar.
Carlos Bazán
Bibliografía: "Psicomotricidad y
Educación Preescolar", Juan Nuñez y Pedro López. Ed. Cepe. Madrid
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