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Mundial de 1978

Yugoslavia Campeón

 

La filosofía del ‘run and shot’ (correr y tirar), tuvo su máxima expresión presente en el Mundial de Filipinas. Posesiones cortas, abundante juego libre y escasos movimientos fijos eran las premisas de uno de los mejores equipos FIBA de todos los tiempos: YUGOSLAVIA. En este torneo, a ese seleccionado nadie lo detuvo. Ni el Brasil de Oscar, con un estilo de juego parecido; ni tampoco la U.R.S.S, con su potencia física. Los yugoslavos desequilibraron en cualquier sector del rectángulo de juego, ya que sus internos Cosic y Jerkov aseguraban el rebote, mientras que el genial base Slavnic era puro talento. Justamente de sus manos nacían la mayoría de los ataques que finalizaban en Kicanovic y Dapilagic, o eventualmente en Delibasic. Con esa versatilidad, los balcánicos promediaron en ataque 103 puntos por partido. Demasiado para sus rivales.

  Así, Filipinas, a dieciséis años de que le fuera quitada la sede debido a que no concedió visas a las naciones de régimen socialista, pudo organizar el Campeonato Mundial. Un certamen que no tuvo a la Argentina como participante ya que quedó eliminada en el Sudamericano de Valdivia’77.

  En esta octava edición se implementó un nuevo sistema para definir el certamen. El primero y segundo ubicados en la rueda semifinal debían jugar un partido que definía el título. Lo mismo ocurría entre el tercero y cuarto en la búsqueda del bronce. Brasil, en su primera presentación, estableció una marca increíble, ya que convirtió 154 puntos ante China, convirtiéndose en el tanteador más elevado registrado en un Mundial (incluido el del ’94). Aquella cifra lograda por el conjunto brasileño tiene todavía mayor trascendencia porque entonces no existía el lanzamiento de tres puntos.

 Australia fue la sorpresa de la primera fase. Tras sus flojas actuaciones en Yugoslavia ’70 y Puerto Rico ’74, consiguió el  pase a la rueda semifinal dejando en el camino al poderoso seleccionado checoslovaco y cayendo por apenas un doble ante los EE.UU.. Comenzaba a perfilarse como un aceptable conjunto, confirmado posteriormente a través de sus buenas actuaciones internacionales.

 Como en ediciones anteriores, no sorprendió el decepcionante desempeño de los estadounidenses. El desinterés de los inventores del básquetbol por este tipo de torneos era cada vez más acentuado. El nivel de sus representaciones bajó hasta límites alarmantes para los intereses de la FIBA. En Filipinas, finalizaron en la quinta posición. Hasta su mejor jugador, Ralph Drollinger (2,15 mts), había viajado a pesar de haber sido operado en su rodilla derecha un mes antes.

 La primera rueda dejó clasificados para disputar la serie semifinal a Yugoslavia y Canadá por el grupo A. Brasil e Italia accedieron por el B, mientras que por el C clasificaron Estados Unidos y Australia. A ellos se le agregó la U.R.S.S, último campeón y, Filipinas, el país organizador.

 En las instancias decisivas, tanto yugoslavos como soviéticos evidenciaron una clara superioridad sobre el resto. En el choque entre ambos, la victoria quedó para el conjunto ‘plavi’ por 105 a 92. Finalmente, los resultados determinaron que Yugoslavia y la U.R.S.S debían enfrentarse nuevamente pero, para dirimir el título. Brasil e Italia chocarían por el tercer puesto. Los sudamericanos se basaban en la capacidad goleadora de Oscar y Marcel, y en la experiencia de Ubiratán y Helio Rubens. Pos su parte, la ‘squadra azzurra’ se apoyaba en tres jugadores históricos: Bariviera, Marzorati y Meneghin.

 Los dos encuentros resultaron sumamente equilibrados y dramáticos, con incertidumbre hasta el minuto cero. Brasil, con un agónico doble de Marcel, superó a Italia por 85 a 84. Los europeos ganaban 84 a 83 con sólo cuatro segundos por jugar. Sin embargo, Brasil tuvo una última chance y no la desaprovechó. Repusieron la pelota desde el fondo, Marcel recibió a nueve metros del cesto, avanzó un metro, lanzó y convirtió al mismo tiempo que sonaba la chicharra de la mesa de control. Espectacular.

 La final también mostró a dos equipos muy parejos, pero con sistema diferentes. Los balcánicos con su juego abierto, sujeto a sistemas sencillos. Los soviéticos, en cambio, con la contundencia física de sus pivots y dependiendo de la magia de Sergei Belov. El primer tiempo fue doble a doble, sin establecerse una supremacía de uno sobre el otro. Finalizó con empate en 41. En la reanudación, los 2.20 mts. de Vladimir Tkachenko permitieron al conjunto rojo sacar una pequeña diferencia. El ingreso del base Vilfan y la puntería  de Kicanovic y Dapilagic, emparejaron las acciones. El tiempo regular concluyó igualado en 73. La quinta falta de Tkachenko, en el inicio de la prórroga, quebró la paridad existente. Los yugoslavos aprovecharon su salida y pasaron  al frente por cinco, 82 a 77. Sus rivales ya no pudieron alcanzarlos. Aunque, dos conversiones consecutivas de Belov pusieron un poco de suspenso sobre la victoria balcánica, que contó con un fabuloso quinteto: Slavnic, Kicanovic, Dapilagic, Jerkov y Cosic.

 Yugoslavia había conseguido su segundo Campeonato Mundial. En aquella ocasión ganó 10 partidos, gustó su juego y fue el único seleccionado invicto. En definitiva, Yugoslavia fue un lujo asiático.

 

 
   
 
 

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