LOS
ORÍGENES
oda historia en
particular, o un relato determinado, siempre parecen ofrecer inmaculadas
certezas a la hora de establecer el comienzo de esos testimonios; pero siempre
quedan presos de las leyendas que se enhebran sobre el necesario origen oficial,
provocando –en definitiva- cierta incertidumbre e indispensable credibilidad.
Abrazada a una
lógica racional, la historia del básquet intenta presentarse impermeable a esa
situación y, por ende, su testimonio dispara con precisión temporal su
nacimiento. Pero además, concretos y confiables, se encuentran en este relato el
lugar y los protagonistas, quienes genuinamente inventaron un deporte hoy
fácilmente denominado como espectacular. El inicio de esa historia advierte
orgulloso su silencioso esmero, apoyado en una ilusión mágica y, al mismo
tiempo, realizable.
Springfield, un
pueblo perteneciente al estado de Massachussets, acunó para siempre la creación
del básquet, en 1891, originada en uno de sus colegios, el internacional YMCA
Training School. Posiblemente ningún profesor o entidad estudiantil advirtió que
en aquella escuela estadounidense, la conducta de los alumnos provocaría la
excusa para crear un juego que haría mella en la actividad deportiva del hombre.
Es que Luther Halsey Gullick, decano de ese establecimiento educativo, le
encomendó a su plantel de profesores crear una flamante actividad en un recinto
cerrado, con el objetivo de distraer a los alumnos, quienes supuestamente eran
indisciplinados por culpa de la carencia de entretenimientos en el invierno.
Al
principio las ideas y los proyectos tenían un denominador común para el decano:
previsibles y aburridos ejercicios de gimnasia. Las probables soluciones no lo
convencían, y su malhumor se expresaba de la siguiente manera: ‘’Es
imprescindible encontrar un juego para esta clase de incorregibles’’. Todo
parecía desembocar en una final sin sentido, hasta que el 8 de diciembre de
1891, Gullick obligó a uno de los profesores a encontrar una rápida solución.
‘’En dos semanas deme algo que pueda ocuparles la atención a los estudiantes’’,
sostuvo el decano. Quien recibió este mensaje fue el canadiense James Naismith,
el protagonista de una idea original.
Pensar para jugar
l recibir
aquella imperativa orden, el hombre de 30 años no tuvo posibilidad de escaparse
de su inmediato destino. La necesidad de elaborar un juego abrigó en la
intuición del profesor James Naismith un esquema de alternativas, que se
diferenciaron de algunos rasgos que tenían otros deportes. Aquel joven doctorado
en Medicina, recibido en la Academia Mc Gill University, diseñó una nueva
actividad física con la intención de evitar, por ejemplo, situaciones que fueran
violentas, como él lo había observado en la práctica del fútbol, el rugby y el
fútbol americano. De esta manera, Naismith pensó que era imprescindible eliminar
no sólo los goles y las líneas de gol, sino también el correr con la pelota en
la mano y los tackles, entre otras características que observaba en otros
deportes ya establecidos.
Luego de
plasmar en un boceto aquellas originales ideas, Naismith le presentó finalmente
al decano Gullick, y a los doctores Seerby, Clark y Stagg, un formal proyecto
deportivo que establecía como forma de juego dos determinados propósitos: por un
lado, la meta o la conversión de los tantos que realizaría a través de un
elemento elevado al suelo; y por el otro, no estaría permitido correr con la
pelota sin picarla.
En aquella
reunión producida el 21 de diciembre de 1891, trece días después de encomendada
la tarea imaginativa, la reacción de los integrantes de la mesa directiva del
colegio fue de satisfacción y de entusiasmo, sensaciones que detuvieron el
nerviosismo de los conductores del colegio de Springfield y catapultaron los
sueños de Naismith.
Arriba la
imaginación
los pocos
minutos de aceptado su naciente juego, Naismith reunió de manera urgente a un
grupo de 18 estudiantes en el gimnasio de la International YMCA Training School,
y le ordenó al celador Pop Stebbins que le acercara las dos cajas en las cuales
se debería introducir la pelota, que en ese caso era una de fútbol. Mientras los
alumnos se miraban azorados a cerca de cuál era la intención de estos dos
hombres, el celador comenzó a colocar en los extremos de la galería dos cestos
de duraznos. Sin embargo, en esa oportunidad, Naismith minimizó la callada pero
visible sorpresa de los alumnos y, con un espíritu voluntarioso, colaboró con su
ayudante colocando los cestos a una altura de 10 pies (3.05 mts.), medida que no
sufrió ningún tipo de modificación, más allá del continuo cambio de reglas que
se efectuaron en el reglamento de este deporte a lo largo de años. ‘’Si en vez
de diez pies la galería hubiese tenido once, allí habría ubicado los canastos’’,
aclaró Naismith con el paso del tiempo.
Por un
nombre
quel primer
encuentro entre dos equipos de nueve jugadores cada uno, no tuvo la dinámica que
impera en estos tiempos de básquetbol. Una de las principales razones estuvo
ligada a que los cestos tenían fondo y luego de cada tanto se debía utilizar una
escalera para ir a buscar la pelota. Por ende, el partido, que fue arbitrado por
Naismith, generó varias interrupciones y demoras en el juego.
Sin embargo,
a medida que iban pasando los minutos del partido, el paulatino entusiasmo de
los jóvenes fue acaparando la atención del profesor a quien no le resultó fácil
concluir la primera experiencia, ya que los alumnos deseaban seguir jugando.
El naciente
deporte, que en esos momentos no tenía nombre, cobijó para la eternidad los
ilustres nombres de aquel desafío a lo desconocido. Eugene Libby, Duncan Patton,
Frank Mahan, William Carey, Lynan Archibald, William Davis, Finlay Mc Donald,
Edwin Ruggles, William Chase, John Thompson, Fred Barnes, Benjamin French,
Raymond Kaignh, Henry Helan, Ernest Hildner, George Weller, Wilbert Garay y el
japonés Genzabaro Ishikawa fueron, junto al ingenioso Naismith, los miembros
fundadores de un deporte que en la actualidad atrapa la atención de millones de
personas en el mundo.
En enero de
1892, uno de los participantes en el primer partido, Frank Mahan, sugirió que
ese juego tan atractivo se llamara ‘’Naismith ball’’, pero el profesor se negó
de manera rotunda. El obcecado alumno insistió con la posibilidad de bautizar
con un nombre a esa actividad, que ya no le era ajena ni distante. Sin renunciar
a su esfuerzo imaginativo, Mahan propuso el nombre de ‘’BASKETBALL’’ al
argumentar que la pelota y el canasto eran los elementos fundamentales de ese
noble y fecundo juego.
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